Política y salud mental: el reconocimiento social como facilitador de reparación

Publicado el 29/05/2018

Luisa Castaldi. Psicóloga. Académica PUCV.

Marcela González. Psicoanalista. Académica PUCV.

Parafraseando una frase histórica del movimiento feminista, podríamos decir que la salud mental no sólo es personal sino también política.

Tendemos a ocultar el malestar psicológico en el ámbito individual, callándolo, con incomodidad e incluso vergüenza, como si dependiera solo de nosotrxs estar bien, de nuestras capacidades y, por tanto, si no lo logramos, se trataría de nuestras incapacidades para lograr “evitar” que nos afecten los eventos y situaciones que vivimos.  De este modo, la sociedad alimenta la desconexión y la evasión como mecanismos de sobrevivencia emocional que en realidad nos deshumanizan y culpabilizan, quedando la cuestión fundamental de la elaboración y reparación de los eventos traumáticos, dolorosos o inaceptables, como procesos individuales a desplegarse en el privado de las consultas médicas y psicológicas.

Los fenómenos puestos en evidencia en estas últimas semanas por los movimientos universitarios de mujeres, es decir el abuso y la violencia en sus diferentes manifestaciones, están constituidos por múltiples aristas, sujetas a análisis desde diferentes puntos de vista, lo que está demostrado por la multiplicidad de espacios comunicacionales que se están refiriendo al tema. La reflexión colectiva es siempre un aporte, especialmente cuando navegamos en aguas poco conocidas, profundas y turbulentas. En el contexto sociopolítico actual, la participación en diversos espacios de discusión se vuelve especialmente relevante, ya que permite ampliar la gama de ideas, conceptos y argumentos disponibles para explorar la complejidad de las temáticas. Pero quizás el aporte más importante de una nutrida participación en el debate actual, concierne justamente al eje central de nuestra intervención, es decir a la necesidad del reconocimiento social de las dinámicas abusivas y maltratadoras, como parte del proceso de reparación.  Dedicarle reflexión, tiempo, palabras, emociones, ya es un reconocimiento debido y necesario.

Las estadísticas de salud mental han mostrado históricamente el alto grado de vulnerabilidad de las mujeres, especialmente en algunos de los cuadros sintomatológicos que recurrentemente se asocian con el género femenino, como los trastornos de ansiedad y los cuadros depresivos. Si bien se han relacionados tales manifestaciones con las condiciones de vida y con los roles sociales que desempeñan nuestras congéneres, parece difícil ver la conexión entre las dinámicas generadas por las relaciones patriarcales, los discursos sociales, y los efectos psicológicos que esos mismos producen. Cuesta visibilizar cómo esos discursos sociales se transforman en prácticas de la vida cotidiana, en el día a día de las relaciones que se desarrollan en el trabajo, en la casa, en la micro, etc. Es en esas praxis que nos podemos sentir entrampadxs, en las hebras de discursos y dinámicas que nos parece importante intentar desenredar.

Primera hebra: “a las niñas buenas no les pasan cosas malas”. En otras palabras, si te pasa algo es porque tú te portaste mal.

El motivo que subyace muchas veces a la consulta psicológica en los casos de acoso, abuso, violación, etc., no concierne solo al efecto que se define como post traumático, consecuencia del  “golpe” que significa el evento, que produce una desestructuración tanto física como emocional, sino a la necesidad de olvidar, de volver a ser “la de antes”. Una vez más aparece la respuesta evasiva de sobrevivencia que sólo quiere lograr creerse que nada ha pasado. Sin embargo, poco a poco se va entendiendo que la capacidad de recuperación no depende de la posibilidad de olvidar sino de la reorganización de la vida en sus dimensiones personales, familiares, sociales, puestas en discusión por el evento traumático. Llevar a cabo tal proceso, depende mucho de los significados a disposición de la persona afectada.  Los sentimientos de culpa, de defraudar al otro, de exponerse a la crítica de “habérselo buscado”,  experimentar la falta de contención y empatía, pueden profundizar enormemente -y a veces de manera fatal- el impacto del evento para quien lo vivió. El punto es que esos significados no son construidos individualmente de la nada, no son responsabilidad de las “capacidades” de la mujer agredida, sino pertenecen a los discursos sociales que definen al género, discursos en los que todxs nos hemos formado y que de una u otra forma repetimos acríticamente.

En las políticas de protección, los énfasis están puestos en lo defensivo, la posible victima (mujeres, niñxs, consumidores, etc) deberán aprender tempranamente el autocuidado y la desconfianza hacia lxs otrxs, incluso de aquellxs que juegan roles sociales supuestamente protectores. En tales discursos, la comunidad puede solo controlar y castigar. En los hechos, frente al evento traumático, la víctima se siente sucia, tonta y sola.

De este modo, la falta de reconocimiento y acompañamiento social se vive como un arrojo a la orfandad de una vergüenza que habría que ocultar, haciendo más doloroso y difícil el proceso de reparación, depositado en la individualidad de lo privado.

Segunda hebra: “los paños sucios se lavan en casa”.

Esta hebra entreteje dos discursos que sostienen dinámicas familiares y sociales que son especialmente entrampadoras para las mujeres.  Por una parte, la noción de la privacidad; y, por otra, la lealtad hacia los grupos de pertenencia.

Respecto a la noción de privacidad, los temas que se consideran ligados a la sexualidad, siguen manteniendo en su base la noción pecaminosa y peligrosa asociada a lo sexual y más aun a la sexualidad femenina, a la que habría que defender y poner en resguardo. La sexualidad asumida y explicita por parte de una mujer sigue siendo un tema amenazante frente al cual se alzan los prejuicios de ambos sexos. Debido a esto, vemos cómo frente a crimenes ligados al ámbito sexual, se termina reiteradamente juzgando a la víctima de cualquier comportamiento “sexualizado” (qué ropa llevaba, qué maquillaje usaba, si era coqueta, si salía a horas imprudentes, si había tenido conducta promiscua previa, que tipo de preferencias eróticas tiene, etc), que pudiera servir como atenuante del evento perpretado por el agresor. Vale decir, que todavía cuando se habla de abuso sexual y violación se tiende a destacar el aspecto sexual del suceso y no el abusivo. Así, parece que estuviéramos frente a un ejercicio abusivo de la sexualidad mientras se trata de una agresión, de un acto violento desplegado de la manera más invasiva posible, un ejercicio abusivo de poder que toma lo sexual como instrumento ad-hoc de su demostración.

La que parece una diferencia semántica -poner el énfasis en lo sexual más que en lo violento-, en realidad sostiene la connotación pecaminosa del evento, demostrando el doble discurso de la moral sexual cultural que pone aun hoy el valor femenino en el recato y la decencia, penalizando de manera implícita a las mujeres por su no-cumplimiento.

Lo anterior, nos lleva al segundo hilo de esta hebra, la lealtad a los grupos de pertenencia. Finalmente, cualquier evento asociado a un acto sexual ensucia la reputación de esa mujer, aun cuando ella sea víctima de la situación. En los casos de abuso sexual, violación, etc., hay un mandato social vigente de “no ventilar los trapos sucios” para no dañarse ella misma en el ámbito público, pero al mismo tiempo, siendo además la mujer cargada con el peso de las relaciones, queda entrampada por la responsabilidad del daño a la imagen de los suyos. El grupo de pertenencia, tanto familiar, como institucional y social quedaría manchado por la eventual denuncia. Levantar el velo del ocultamiento, denunciar, implica exponerse y exponer la imperfección de las relaciones, que albergan no sólo aspectos amorosos sino también las caras menos nobles de la humanidad.

Las sintomatologías citadas anteriormente, la ansiedad, la angustia, la depresión y varias más, han sido las consecuenciass de los procesos adaptativos obligados que miles de mujeres han tenido que poner en acto para no ver, no escuchar, no hablar y poder soportar aquellos que era indecible y vergonzoso.

Tercera hebra: “¿manzanas podridas o hijos sanos del patriarcado?”.

Las mujeres abusadas y violentadas se han considerado a si mismas, por mucho tiempo, desafortunadas, a las que “justo” les tocó el hombre malo, el enfermo. Los planteamientos feministas que apuntaban a poner en evidencia los procesos de socialización patriarcal que definen y sostienen las relaciones entre los géneros, han permitido que las historias de violencia dejaran de ser consideradas destinos excepcionales y se visualizaran como resultados de complejas dinámicas sociales y culturales.

Todxs provenimos de una cultura que establece jerarquías de poder y valoración desigual entre los hombres y las mujeres, lo que se cristaliza en prácticas culturales cotidianas que operan en diversos niveles. Si bien puede resultar aliviador pensar que sólo se trata de algunos “psicópatas” que andan sueltos, de algunos distorsionados por su propia herencia genética, creemos que ha llegado el momento de aceptar que de una u otra forma, por medio de chistes “inofensivos”, ironías, comentarios al pasar, planteamientos elaborados, o simplemente con la complicidad del silencio, todxs podemos ser responsables de las acciones abusivas.

Los cuestionamientos que los movimientos de mujeres están alzando contra los hombres, ponen en evidencia la necesidad de una revisión profunda de la sociedad respecto a los parámetros sexistas en que nuestra cultura nos ha formado a todxs, hombres y mujeres. La denuncia feminista puede llevar a que los hombres endurezcan sus barreras defensivas al sentirse atacados, escudándose en el consabido “no todos los hombres son violadores” y quedándose ahí. La cuestión es cómo hacerse cargo de los juicios y prejuicios, ideales, identificaciones que una cultura sexista nos ha enseñado a todxs, y hacerlo desde el ánimo de revisión y reflexión que permita el encuentro y no la entronización del rechazo al otro. Permitirnos ver que no se trata de casos aislados sino de una cultura que sitúa a hombres y mujeres en posiciones antagónicas, donde mientras más precarias se ponen las condiciones de vida, más la violencia se constituye como una forma de afirmación del propio poder en contra de lxs más débiles. Estéril intento de zafarse de la sensación de propia vulnerabilidad.

La profundización de las diferencias, la polarización, la constitución en antagónico permite alejar lo que no se tolera pero al mismo tiempo, siendo una construcción identitariamente defensiva, hace más difícil el reconocimiento del otrx, que queda cada vez más excluidx, ajenx, fuera de mí.  Las manifestaciones públicas de solidaridad, así  como los procesos de recuperación de sensibilización y empatía hacia la vivencia del otrx no son beneficiosas sólo para la “victima”, sino que permiten revisitar construcciones identitarias rígidas y precarias, permitiendo la eventual transformación.

Cuarta hebra: los expertos en violencia.

La difusión de las redes sociales ha expandido aun más la capacidad de los medios de comunicación de inundarnos con informaciones sobre actos violentos de distinta índole. Sobre todo con imágenes, que se introducen de manera subrepticia bajo la piel, constituyéndose en un toxico cuya ingestión no detectamos. Nos hacemos adictxs y al mismo tiempo saturadxs, tanto que, a nivel psicológico, nos volvemos insensibles. Son imágenes que miramos de lejos, como algo ajeno que le sucede a un/a otrx desconocidx e indiferente.

Sin embargo, con respecto a las dinámicas de violencia que experimentamos, no hay posibilidad de sentirse un testigo neutral. Las dinámicas nos involucran por el alto nivel emocional en el que se generan y que al mismo tiempo producen. Frente a esto, reaccionamos con diferentes mecanismos, los más recurrentes, ligados justamente a la saturación, son la negación (no existe) o la trivialización (no es para tanto). A nivel corporal, la violencia y los abusos instalados bajo la piel nos mantienen en un nivel de tensión y angustia constante. Esta angustia genera a su vez mucho estrés emocional, impotencia y el impulso de alejarse, ya que el reconocimiento de la profundidad y gravedad  del impacto producido por las agresiones o abusos, genera en lxs participantes pasivos (ya que dijimos que no hay espectadores) dificultad de contención emocional y de acompañamiento.

Lo anterior favorece que se deposite el problema en el afuera, en otros, los “expertos”, que sabrían qué y cómo hacer frente a estas cuestiones que les pertenecen y pasan a otrxs. El problema de este circuito es el mismo ya mencionado: por un lado, las relaciones se patologizan en la medida que se despolitizan, porque la responsabilidad queda situada sólo en la solución individual y en el ámbito privado. Por otro, serían los expertos quienes sabrían lo que hay que hacer, como si existiera un método, una técnica, y ésta estuviera definida a priori. Como si se pudiera prescindir de la revisión de los marcos culturales en los que cada quien se ha formado (crianza, historia familiar especifica, discursos de los otros cercanos, ideologías propias marcadas por la clase, raza, subgrupos religiosos, deportivos, partidistas, etc, a los cuales se pertenece).

La elaboración de eventos traumáticos como los descritos es un proceso lento y doloroso que tiene varias fases y momentos en los que se necesitan distintas cosas y se requieren diferentes tipos de acompañantes. Participamos de relaciones sociales, laborales y familiares en las cuales podemos ser heridxs y marcadxs profundamente, a veces incluso sin que nos demos cuenta en el momento mismo en que se producen. Si bien las acciones son cometidas por sujetos concretos, son parte, tal como lo hemos ido delineando, de dinámicas y discursos de los que todxs participamos. Hacernos parte de la comunidad implica reconocer la responsabilidad que a todxs nos corresponde, desde los distintos lugares que habitamos, desde las distintas miradas que nos caracterizan, de poder escuchar (aunque sea leyendo), contactarnos con el dolor (aunque sea mirando una foto), y acompañar (aunque sea en silencio), reconociendo la experiencia de las personas implicadas.

Las manifestaciones actuales, los paros, las marchas, los carteles, las columnas, responden a la necesidad de participación en el reconocimiento social de fenómenos difíciles de asumir. Sin duda los requerimientos son políticos, son sociales, son históricos, son legislativos. Pero al mismo tiempo, son solicitudes personales y cotidianas, corporizadas en nombres y caras concretas,  peticiones hechas a cada unx de nosotrxs en el microespacio que nos toca habitar y con quienes nos toca con-vivir.

Desde el punto de vista de la salud mental tal reconocimiento es una poderosa herramienta de reparación, al alcance de todas las comunidades. Tan poderosas, o más, que muchas horas de terapia.

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